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I believe in you
Buenos días:
Dentro de 24 horas estaré llegando a un hotelico en Londres para desayunar con Flar, Claudio y Ann. Después nos iremos a que yo arrase en el Top Shop y el Urban Outfitters, luego me recompondré y terminaremos la velada en un concierto de Kylie Minogue. I believe in me. Estoy toa loca imprimiéndome tarjetas de embarque (salgo a las 7.35 am desde el Prat, así que imagínense a qué horas me tendré que levantar, y más teniedno en cuenta lo bien comunicado que está este aeropuerto...), mirando previsiones meteorológicas, actualizando el iPod, apuntando cosas en una agenda y, ante todo, sacándole brillo a la Visa. Van a ser poco más de 48 horas de gastar, hacer el risión y de no pasar frío, porque se esperan temperaturas de hasta 14ºC. ¿Nos estamos volviendo locos? Ah, no, que es el cambio climático.
Ayer, después de cantar durante horas y horas en el Singstar, amanecimos Juice y yo a las cinco menos veinte de la tarde. Desacansados, sin resaca, con cara de bebés y con la sensación de haber perdido horas de vida. ¡Qué rabia da levantarse más tarde de las 14h! Da la impresión de que han pasado años desde que te acostaste, y de que al abrir el ojo sólo quedas tú en el mundo después de que una hecatombe nuclear lo haya reducido todo a cenizas y cucarachas. Al menos, ayer estaba acompañada y no en soledad. Aún así, a la una de la madrugada estaba otra vez en la cama durmiendo como una bendita. ¿Será la enfermedad del sueño? Qué rabia.
Después de un año de dieta sana y de alcanzar una talla mucho más adecuada para mis expectativas de vida, los excesos navideños me estaban haciendo sufrir un poco dentro de mi pequeña talla de sílfide, así que decidí pasar la jornada de ayer haciendo ayuno voluntario. Más que ayuno, mi idea era alimentarme de piña, que es muy diurética, tiene mucha fibra y está muy rica. Como el día de ayer fue lamentablemente corto, lo más seguro es que ese ayuno se prolongue hasta hoy pero en una versión menos austera: comeré un poco de caldo y un filetín a la plancha y me terminaré lo que me queda de piña. Así mi organismo se irá limpiando para mañana volverse a ensuciar a golpe de fish and chips y otras delicatesens británicas. La vida es así: limpiar, ensuciar, limpiar, ensuciar...
Me pregunto qué estará haciendo Kylie en estos momentos... Y Petedoerti, a ver si me lo encuentro por ahí y me invita fumar un poco de crack o algo.
SEE YOU! Soon, ademá de verdá.
Laundry calling (part 1)
Buenos días:
Fin de estas nefastas fiestas tan señaladas con un (ays, cómo odio también esta expresión) un broche de oro más gordo que las joyas de la corona: un viaje a Londres para arrasar en las rebajas y asistir al concierto de la retomada gira Showgirl de Kylie Minogue. El balance final: este viaje me ha arreglado las fiestas pero me ha dejado la cuenta bancaria tiritando y en coma profundo. Menos mal que ya contaba con ello...
Me fui para allá a la prudencial hora de las 7.30 de la mañana, pegándome el madrugón padre para aprovechar bien la primera jornada. Al llegar al hotel, me encontré hacinados en una habitación de unos 15 metros cuadrados a Claudio, Ann y Flat, envueltos prácticamente en un horrorosísimo papel pintado de flores y apestosa moqueta. El baño, por llamarlo algo, era como el WC de un avión al cual le habían incluido una ducha mini mini, todo fabricado en plástico de primera calidad y con cero detalles. Era muy interesante el hecho de que si querías que te cambiaran la toalla que te otorgaban el primer día, tenías que pagar una libra por ella (una libra equivale más o menos a 2000 euros). Mi toalla, antes de usarla, ya olía a comida oriental pero decidí asumir mi condición de superviviente en aquel antro sin gastarme un duro más, que bastantes panojas llevábamos ya gastadas. Del desayuno sólo hizo uso Ann una mañana, pero la escasez y el cutrerío que nos contó hizo que decidiéramos comprar unas cookies en el Tesco cada mañana y listos.
Así que llegué, me horroricé, solté los bártulos y me llevé a mis tres pequeños saltamontes al templo de la moda por excelencia: el Top Shop de Oxford Street. Más que templo, un orgasmo. Llegué tan emocionada que se me bloquearon los circuitos de mala manera y no sabía qué llevarme. Cogía cosas y las dejaba, las volvía a coger, subía una planta, cogía otra y dejaba esa... En fin, que tantas maravillas dispuestas en cada rincón que no sabía por dónde empezar. Había otra cosa muy importante que me echaba para atrás: las tallas. Casi todo era enorme, pero muy grande, y tampoco era cuestión de llevarme cualquier cosa en dos tallas más porque me gustara y fuera barato. Entró en juego mi sentido común -demasiado, para mi gusto- y de textil me llevé sólo una camiseta. Donde sí arrasé con cierta fastuosidad fue en la zona de accesorios, y me hice con todo tipo de collares, pendientes y zarandajas varias, muchas de ellas no demasiado baratas. También sucumbí a unas botas de corsario de esas que llegan por encima de la rodilla; ahora que sigo siendo joven puedo hacer estas cosas, aunque dentro de dos años reniegue de esas botarras. Hoy estoy orgullosísima de ellas. De cualquier forma, salí toda azorada del Top Shop y más cuando a la cajera se le olvidó cobrarme un broche y me pitó a la salida, y el segurata me quería detener; luego decidió que me regalaba el broche porque era muy simpática y yo decidí que quería irme y quitarme de líos. Ahí le dejé con su broche que, por cierto, al día siguiente no estaba porque volví a por él. ¿Será chorizo?
Con mis amigos ya odiándome profundamente por mi tardanza salí y nos encaminamos hacia el Urban Outfitters, justo al lado, pero ahí ya se me habían bajado bastante los agobios rebajiles. Además, no había tampoco nada especialmente bonito y todo era aún más caro que en Top Shop, por lo que las compras se limitaron a un bolso antigüito, un libro y un tebeo. Mañana nos quedaba aún Camden y a mi Visa ya le estaban dando espasmos. Además, el concierto de Kylie estaba a punto de empezar y Claudio se estaba poniendo ya de todos los colores, así que lo mejor sería irse yendo al hotel para evitar que se pusiera a echar espuma blanca por la boca.
PRÓXIMO EPISODIO: luego, que ahora tengo jaleíllo.
Laundry Calling (part II)
Buenas noches:
Continúo mi relato donde lo dejé: después de la primera orgía comprística. Llegamos al antro donde nos alojábamos y nos pusimos guapos para Caili. El recinto donde se celebraba el evento era el Wembley Arena (al ladito del mismo Stadium pero más chico) y allí nos encaminamos tardando sólo una hora en llegar. Al salir del metro, unos vendedores ambulantes vendían un elegante y falsísimo merchandising de Kylie que consistía en grandes orejitas de peluche luminosas, gorros de cowgirl rosas con peluche en las alas y una tiara falsa también luminosa y bellos cetros también rosados y con su luz incorporada. Era una elegancia todo eso. La gente a la que seguíamos hacia el Arena era mayoritariamente familias de padre-madre-dos hijas de unos diez años, típicas inglesas rubias y gordejas con sandalias y dos o tres maricas, nada que ver con la horda gay y transexual que nos empujaba en Roma. Todo civilizadísimo, cada uno se sentaba en su asiento (no había localidades de pie, todas eran de sentarse), nadie hacía fotos o te confiscaban la cámara -hecho verídico- y un ambiente de lo más sosete. Mientras esperábamos a que saliera la mini diva (más de una hora de retrasillo, pas mal), los encargados del recinto decidieron subir la calefacción a 50º para matarnos y poner todo el rato el mismo anuncio de la peli de las Supremes para asegurarse de que estábamos muertos. Había un momento en que ya no sabíamos si el concierto era de Kylie, de Beyoncé o de Manolo Escobar.
Finalmente, las luces se apagaron y empezó la emoción... en nuestros cuatro asientos. El resto del público apenas se movía, levantaba, gritaba o respiraba. Un montón de cadáveres londinenses y nosotros cuatro asistíamos a un concierto de Kylie Minogue. El asunto empezó con Better The Devil You Know y a mí se me ablandó mi corazoncito de patata cuando vi a la pequeña cantante tan viva y coleando a pesar de todo lo sucedido. Sé que a Claudio le sucedió lo mismo. El sonido era espectacular, los bailarines gayísimos y se movían como los ángeles envueltos en pequeños calzones o sinuosas plumas. Un placer. A mí me fascinó todo excepto el hecho de que una gilipollas me vaciara una botella de Coca Cola light en el abrigo y la bufanda y que encima tuviera los santos cojones de negármelo. Porque no le podía decir que me cagaba en su puta calavera y que me había quedao con su cara, que sino ahí hubiera ardido Troya y pa hooligan, yo. Al final del todo Kylie incluso subió a unas niñas al escenario, muestra inequívoca de que tiene el reloj biológico a todo trapo. El vestuario fue lo más irregular, oscilando entre la obvia elegancia de Chanel y el espanto más absoluto como ese modelito que ha creado para la ocasión Boy George. Qué innecesario y qué aberración. También eran bastante notables los pellejos que Kylie ya empieza a tener en el cuello y eso no hay botox que lo oculte, pero por lo demás, ella está fenomenal. El público, sin lugar a dudas, fue lo que más desentonó del recital, ya que ni tenían sangre en las venas ni el más mínimo respeto, porque una torda que estaba a mi lado con el sombrerito de cowgirl calado hasta la nariz no se quedó ni al bis. Mira, peor para ellos.
Esta vez no le tuve que decir a Ann aquella frase de "entre tú y yo, qué 80 euros acabo de tirar a la basura". Aquí vi todo a la perfección, escuché mejor y, salvo lo de llevarme el abrigo empapado y los 700ºF de calefacción que había, todo fue perfecto.
Al terminar (a las 10 ya estábamos de camino a Londres, qué horario tan británico) quedamos con un amigo de Flar y su efebo y al final Ann y yo decidimos retirarnos pronto porque al día siguiente había mucha panoja que gastar y teníamos que reponer fuerzas. Me puse los tapones por si los ronquidos y hasta el jueves.
MAÑANA: continuamos, chatos.
Laundry Calling (III)
Buenas tardes:
Madre mía, este viaje a Londres se está alargando más que el parto de la burra, y eso que estuve sólo tres días escasos... En fin, prosigamos con el día 2.
Nos levantamos un tanto hechos merde porque estábamos cansados del día anterior, pero era muy muy necesario pasar por Camden a comprar tonterías y a comer comida oriental barata de esa que te dan desde las seis cuando cierran los puestos. Además, Flar, Claudio y yo habíamos sufrido una mala experiencia en un buffel al que entramos sin mirar, y en cuya puerta ponía bien clarito thai veg, lo que nos hubiera mandado de cabeza a otro establecimiento. Todo lo que parecía ternera o pollo era seitán o tofu, dos de los alimentos más asquerosos del mundo, y casi todo estaba aderezado con unas salsas repugnantes que sabían a Fairy. Así que nos veíamos en la obligación de recompensar a nuestras papilas gustativas con algo menos malo.
Cogimos un autobús que nos llevara a Camden guiados por mí. El bus, en efecto, iba hasta ahí pero en el otro sentido. Es decir, que cuadno nos quisimos dar cuenta estábamos en Oxford St otra vez y no camino de Camden. Mis amigos y compañeros deseaban matarme un poco pero al final se contentaron metiéndose en el HMV (VIH para nosotros) y yo claro, tuve que volver al Top Shop. De ahí que volviera a adquirir algunos objetillos más... Desde Totenham cogimos el metro y ya sí qeu definitivamente aparecimos en Camden. No pudimos esperar ni siquiera hasta las 3 para empezar a comer, y después de ver algunos tiendajos (Camden ya no mola demasiado) terminamos comiendo unas delicatessens chinas de dos libras al lado de un friki que se santiguaba sobre su bandeja de comida. Mientras hacíamos la sobremesa, vimos a la futura estrella del rock británico personificada en lo que llamamos "El niño moderno", un crío de unos trece años que llevaba unos pitillos con una pernera roja y otra negra y una chaqueta libertina súper chula llena de remaches. Ese niño será el futuro Kapranos y nosotros lo descubrimos allí, toma ya.
Nos probamos unos trapos de segunda mano que no nos llevaban a ningún sitio y, después de unas incursiones absurdas en tiendas de gadgets, decidimos regresar a Londres para gastar más panoja. Pero mucha más. ¿CUánto estás dispuesto a pagar por una entrada de cine? ¿6 euros? ¿7 como mucho? Pues en el centro de Londres cuesta la friolera de 13.90 libras. Así, con un torno. Intentamos hacer un chanchullo y en una máquina compramos un vale familiar con el cual las entradas nos costaban 8 libras por barba. Al entregarle las entradas a la taquillera, nos mandó devolverlas porque nuestra familia no estaba compuesta por dos adultos y dos niños. Fuck! Así que terminamos abonando como pringaos y Claudio consiguió un millón de papelitos de los tickets del cine. La película de nuestra ruina era Pesadilla antes de Navidad en 3D, que estuvo fenomenal aunque yo tuve serios amagos de dormirme porque estaba muy cansadita. Al salir, y como mis acompañantes no podían parar de comer ni cinco minutos, me llevaron a cenar al sitio más glamouroso de la ciudad: un bufel de pizza. Como yo no quería pizza, pedí una ensalada deliciosa que podía servirme yo misma y cuanta quisiera de una mesa; me trajeron un platito de café y casi me echo a llorar. Menos mal que podía comer de los platos de sanísima pizza, aunque fueran los bordes.
Como eran las 9.30 y ya lo teníamos todo hecho, sólo nos quedaba tomar un café de poetisa lesbiana e irnos a dormir, pero a esas horas tan tardías todo estaba ya cerrado en nuestro barrio. Terminamos en un pub llamado Shakespeare tomando media pinta de cerveza, y fue realmente lo más barato que abonamos en esos días: 4 medias pintas por 5 libras. Incredibol. Regresamos al antro donde dormíamos y quisimos hacer noche de chicas y de confesiones, pero lo cierto es que en seguida nos dormimos. Muy reseñable de esa noche cuando Claudio casi pota por la ventana por motivos que no vienen al caso y cuando pinté con un rotulador la palabra PUTA en una sábana. A mí es que el vandalismo me priva.
Al día siguiente nos levantamos fatal, recogimos y dejamos las maletas en una sala en la que había como unos rumanos durmiendo y roncando en el suelo. Qué miedín. Allí los dejamos depositarios de todo lo nuestro y nos fuimos a desayunar a Hyde Park y a intentar comprar algo en una Charity Shop. Desayunamos cookies, jamón serrano, café aguachirri del Starbucks y un poco de fruta. Todo de la sanidad, una vez más. Después del minipaseo iniciamos nuestro viaje a Gatwick, que iba a implicar millones de libras más y unas humillaciones sin precedentes.
Tras facturar nos quisimos meter cuanto antes en la zona de embarque, pero aquello no iba a ser tan fácil: sólo se puede pasar con un bulto, y todos llevábamos dos. Es decir, mi bolso de mano de señora era ya un bulto, así que me las tenía que apañar para meterlo en la bolsa de plástico con mis compras o dejar algo fuera; también me ofrecían la opción de facturar, algo totalmente inviable. Para empezar, el señor pakistaní que me indicaba todo esto se descojonaba del contenido de mi bolsa: llevaba un rollo de papel higiénico porque estaba constipadilla. ¿Qué pasa? Le dije que se lo quedara y en efecto se lo quedó. Luego tiré todos los papelajos y cosas sobrantes y conseguí apañar mi bolso dentro de la bolsa de plástico. Después un policía nos hizo quitarnos los zapatos a todos para pasarlos por el escáner, y cuando le sugerí que me diera unos patucos para no estar descalza me mandó más que nada a la mierda. Luego una señora decidió cachearme y, ya de paso, reírse de la marca de mis pantalones pensando que no la entendía. Mi última imagen de Londres es un poco de odio.
Y así concluyó mi estancia. Ahora ya me voy recuperando del catarro y disfruto mucho de los precios asequibles de BCN, pero estoy deseandico volver.
AHORA: que ya he terminado de actualizar tardaré un mes en volver a escribir. Estoy agotada!
Patatakis (que no Patatacus, que esto es otra entrada)
Buenos días:
Mientras pringo en mi lucrativo un domingo por la mañana, me veo en la obligación de transmitir la última observación médico científica respecto a mi cuerpo: tengo el anisakis. Pero dejcarao. El otro día, leyendo una de las mejores fuentes informativas que hay en estos momentos, un diario gratuito, leí que uno de los mil síntomas de tener la famosa bacteria del pescado es la pérdida de peso involuntaria. Yo, acostumbrada a todo lo contrario, últimamente estoy experimentando una curiosa delgadez absolutamente inédita en mí, incluso después de haberme excedido y todo y más durante las fiestas y de haber abandonado mi dieta meses ha. El otro día me pesaron en el gimnasio y, milagros de la ciencia, pesaba medio kilo menos. Si esto no es el anisakis que venga Dior y lo vea. He barajado otras opciones como la tenia y la triquinosis, pero de lo segundo no tengo mucha idea y lo primero me da mucho asco, así que me quedo con el anisakis que además tiene mucho glamour porque puede provenir de comer sushi. Claro, que también puede ser fruto de los boquerones en vinagre, pero no recuerdo la última vez que comí de eso. En fin, que aquí estoy sufriendo mi anisakis en silencio.
Estos días he estado en Madrid... Más que días, unas horas. Volví ayer a las 6 de la mañana, en el primer vuelo de los sábados de la T4. Me resultó muy curioso ver que había dos sitios abiertos para desayunar; uno era un McDonald's, donde delante de mí un perroflauta con rastas se comió un menú Big Mac completito a las 5 de la mañana. Éste lo que tiene no es al anisakis ni la triquinosis: lo que tiene es las paredes del estómago de acero reforzado. Pero en fin, que está fenomenal cogerte un vuelo a las 6 de la mañana porque te permite ver amanecer, conocer una visión muy poco conocida de los aeropuertos y morir apaciblemente una vez llegas a tu asiento. No vuelvo más nunca a pegarme estos madrugones, que ayer me pasé todo el día como un zombie.
Mi anisakis y yo vamos a trabajar un poco. Más que trabajar... una perra.
POR CIERTO: qué fastuosidad las entradas de Macnamara agotadas. Cagonlaputa...
Más que patata... una perra
Buenas noches:
Ya llevo dos horas y media trabajando y, gracias a Dior, me voy en seguidita. Mañana tengo que hacer otra cosa interesantísima para otro trabajo y me pasaré el día enterito en el Bread and Butter. Qué diver. Yo en realitat la única relación que quiero ahora mismo con el bread y con la butter es comerme una tostada de lo primero untado en la segunda, que de algo se tiene que alimentar mi recién llegado anisakis. A ver si Juice me ha hecho algo sorpresivo para cenar o terminaré comiéndome algo que no le guste mucho a mi gusanito japonés. Pues sí, esta semana la tengo liadita en el festival este de la moda urbana y encima para currar. Y es que la semana que viene termino mi labor aquí y empiezo otra nueva labor en otro sitio..
AYS: cuántas cosas me pasan...
MAÑANA: o algún día las termino de contar, qeu me piro ya.
La importancia de llamarse Christina Rapado
Buenas tardes:
Tres días de Bread&Butter más una fiesta en la que me agarré el ciego de la temporada sólo podían terminar ayer por la tarde con una agradable siesta al ritmo de Christina Rapado pasando por el polígrafo. Entre mis delirios de alcohol y cansancio no conseguí que me quedara claro si nació hombre o mujer, si se había acostado con Guti o no o si había amenazado a Maite Zaldívar o no. Demasiadas preguntas para el resacol que tenía encima. Supongo que en mi malestar tuvo mucho que ver la overdose de laca que me metí en la fiestecita de la noche anterior -sí, me tajé y encima me hicieron un peinado- y la GARRAFA MALIGNA que sirven en el Razz. Con sólo dos copas y un litro de laca terminé literalmente por los suelos. Buff. Y encima perdí 20 euros: yo no me divierto si una noche no pierdo dinero y no me caigo al suelo.
Ahora acabo de entrar a trabajar y tengo la casa llena de obreros, que vienen a terminar por fin las paredes de la casa. Mi casa está hecha una escombrera, aún me duele la cabeza de la fiesta y tengo que escribir unos textos para mis múltiples trabajos de freelance. Pero no pasa nada, peor sería llamarse Christina Rapado.
LA CRÓNICA DEL B&B: en Jenesaispop, pero cuando tenga tiempo, que ya veréis que tengo un jaleíllo importante en mi vida. Sólo me falta estar preñada o que se me rebele el anisakis.